Despierta la luna de su letargo y cubre un cielo limpio y despejado de estrellas donde el viento mece las ramas de los árboles que susurran palabras inaudibles. Bailan los cabellos de una joven muchacha al son de una melodía que sólo existe en su mente.
El rojizo de su pelo apenas es apreciable en el oscuro momento de su despertar, pero sigue ahí. Alza sus manos y recorre el cielo con ellas acariciando el viento con los dedos. Baja después a sus caderas y vuelve a palpar su cuerpo. Recorre los pocos metros que la separan del reflejo del agua. Arrodillada en la orilla del silencioso rio sumerge la punta de sus dedos y lanza una mirada a la mujer que aparece en la superficie cristalina. Han pasado años y sigue siendo la misma doncella hermosa que una vez abandonó la realidad para formar parte del suelo. Mirada felina y labios llenos, vacios.
Se adentra en el rio y siente el tacto del agua recorriendo cada parte de su cuerpo desnudo. Su piel es tersa y blanca como fue siempre. Ninfa marina entre las aguas baila con el recuerdo de tiempos pasados en su cabeza, cada vez menos intensos, como si dejasen de ser reales. Pasan las horas pero ella ya no recuerda como medir el tiempo, solo el hambre interrumpe la magia y su delgada silueta abandona el paraje arbolado.
El único ropaje, su pelo, el cual se balancea mientras camina descalza adentrándose en las calles de la ciudad más cercana. Sus movimientos dejaron de ser humanos, hacen que su caminar sea efímero, como si de un rastro de humo de tratase. Aguarda silenciosa la llegada de alguien que le sirva de alimento y aparece entonces a su derecha un apuesto joven de oscuros ropajes. Extrañado por la desnudez de la chica se acerca y ofrece su ayuda. Cabizbaja se aproxima la muchacha, levanta las manos y en sus hombros las posa. Escucha perfectamente el frenético ritmo de los latidos del joven, y extraña los suyos propios. Levanta la mirada y no hay alma que se refleje. La voluntad del chico es ahora tan pétrea como el muro que guarda su espalda. Ella aproxima el rostro, sus afiladas uñas apartan la tela que cubre el torso del muchacho. Acaricia su mejilla con sus labios, su boca, su cuello. Él no está a salvo y lo sabe, intenta apartarla y descubre que no es debilidad lo que se esconde tras el delicado rostro femenino, sino una fuerza brutal que lo aprisiona. Gira el rostro con un gesto antihumano y sus pupilas se dilatan al percibir el olor a sangre. Piel erizada. Desgarra primero su cuello. Después su pecho.
Descansa en la hierba nuestra triste criatura. Imágenes difusas pasean por su mente. Un" te quiero" que ya no entiende, unas manos, papeles mojados por la lluvia. Aún con los labios encharcados de sangre canta una melodía que poco a poco se confunde con el sonido del viento. Susurran los árboles y su voz se pierde a la vez que su piel se vuelve áspera. Sus brazos se paralizan. Mirada perdida.
Sale el sol pero el viento aún perdura. Mece las hojas de un árbol rojizo que aguarda la llegada de la noche para convertirse en mujer sin alma.


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